Parachoques ¿para nada?

Indudablemente todas y cada una de las piezas que conforman un automóvil han ido mutando para adaptarse a su nuevo entorno socio-cultural.
Nada tiene que ver un volante de principios de siglo con los que encontramos hoy día en cualquier utilitario: ergonómico, repleto de botones y de materiales nobles.
Sin embargo, uno de los elementos que ha sufrido una metamorfosis más radical ha sido el parachoques. Parte por los avances tecnológicos y parte por las tendencias estilísticas, esta importante medida de seguridad ha experimentado una auténtica ‘terapia de choque’.

Como su nombre indica, el paragolpes fue concebido para: minimizar los daños en la carrocería del coche en caso de colisión, evitar lesiones mayores a sus ocupantes en un impacto, así como intentar impedir las arañazos propios de la maniobra de aparcamiento.
Siempre ha sido la primera barrera que ofrecía un vehículo para amortiguar cualquier tipo de golpe y, por ello, los fabricantes lo tomaban en consideración desde el mismo inicio del diseño del coche.
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Encontramos los parachoques tanto el parte delantera como en la trasera con el propósito de proteger tanto los toques ocasionados como los recibidos por otros objetos/conductores.
La protección de los paragolpes se extendió prolongándose por los laterales del vehículo para salvaguardar las puertas de posibles daños (aunque eso lo veremos más adelante).
Los inicios de estos ‘parapetos’ se fechan en 1905. Son listones fabricados de caucho con el objetivo de preservar a aquellos primeros y rudimentarios artilugios mecánicos.

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Fiat (1905)

En un principio eran la armadura protectora del automóvil, por lo que se empleaban materiales duros y resistentes como el acero.

En los años 30 eran comunes los cromados en los grandes vehículos de lujo. Los paragolpes ya no solo servían para sujetar la placa de la matrícula, sino que algunos modelos sustentaban en su resistente base intermitentes o faros supletorios. Veamos algunas muestras:

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Ford Model A Roadster  (1930)

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Hispano Suiza J12  (1933)

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Mercedes-Benz 290 Cabriolet D (1934)

En la década de los 40-50 disminuyó el tamaño de las protecciones integrándose en el frontal del coche. Seguían siendo prominentes y de materiales pesados, pero buscaban formar parte de los trazos del automóvil de una forma más armónica.

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Lancia Aurelia B24 Spider (1954)

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Chevrolet Corvette C1 (1953)

Los 60-70 trajeron como innovación la inclusión de una especie de ‘cuernos’ por parte de algunos fabricantes. Su misión era enmarcar la matrícula y proteger a los faros ante las colisiones. Comenzó a añadirse una banda de goma negra que atenuara el contacto contra el cromado.

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Porsche 911S (1969)

A lo tonto a lo tonto nos plantamos en los 80. Con la ‘movida madrileña’ emergen las molduras de plástico, más ligeras y seguras. Sobresalen bastante de la carrocería y cubren gran parte del frontal de los automóviles. En su mayoría son de color negro y algunos modelos incluyen los intermitentes para alejarlos de las esquinas (más proclives a recibir abolladuras).

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Fiat 131 Supermirafiori (1978)

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Renault 5 TL (1978)

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Seat Ritmo (1979)

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Mercedes-Benz 190E (1984)

Al referirnos a los 90 salta a la vista que la banda de plástico que rodea al automóvil es cada vez más fina, ganando terreno el color de la carrocería en pos de la estética. En algunas versiones deportivas ya aparece el parachoques completamente pintado del mismo color que el resto del coche y los faros antiniebla se alojan definitivamente en la parte baja, flanqueando la entrada de aire del motor.

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Opel Vectra 2.0i (1993)

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Renault 19 16v (1990)

Y es en 1997 cuando Walter Da Silva, diseñador del Alfa Romeo 156, pone patas arriba todas los normas establecidas entorno a los paragolpes.
Por primera vez, un criterio estético revoluciona la imagen del frontal de un vehículo: la calandra se erige en protagonista, desplazando la matrícula a un lateral y confiando la protección del morro a dos pequeñas piezas de plástico. Ya nada volverá a ser lo mismo.

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Alfa Romeo 156 (1997)

La parte de goma negra comienza a ser camuflada del mismo tono de la carrocería e inicia su extinción. Este hecho no implica que mengüe la seguridad, todo lo contrario, comienzan a usarse barras de protección que incrementan la resistencia y la dureza.

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Fiat Stilo (2002)

De hecho, el test Euro NCAP comienza a evaluar con estrellas a todos los vehículos nuevos tras someterlos a un impacto frontal y lateral.
La investigación en seguridad también ha tenido que ver con la desaparición de angulosos y abultados parachoques, pues eran muy dañinos con el peatón en caso de atropello.

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Nissan Micra (2002)

Actualmente el parachoques ha desaparecido como tal, se ha integrado y mimetizado en la fisonomía del coche. Es cierto que están realizados en materiales flexibles y altamente resistentes que absorben la energía del impacto y se deforman para que los ocupantes no sufran daños. No obstante, no cabe discusión: la estética ha ganado la batalla a la funcionalidad. En cierto modo, la practicidad ha claudicado a la apariencia.

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BMW X6 M (2016)

Los vehículos cuentan con cantidades ingentes de sensores que ayudan a maniobrar, pero cualquier roce en nuestro abrillantado y futurista paragolpes dejará un bonito rayón que nos acompañará hasta que pasemos por  chapa y pintura.

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Seat 600L Especial (1970)

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Lexus GS 200t (2016)

Es el peaje a pagar por el culto a la belleza. Los coches han pasado de ser “tanquetas” compuestas de chapa con motor para transformarse en auténticos ordenadores con ruedas donde cada parte forma parte de un todo para conseguir una escultura mecánica.

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